Techint y la industria sobre la mesa

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También en la industria argentina, como ocurre con los dirigentes políticos, pocos empresarios resisten un archivo. Las frases, los posicionamientos y los gestos quedan. Y vuelven. A veces, en el peor momento. La polémica entre Javier Milei y Paolo Rocca lo expone.

El Presidente bautizó al líder de Techint como “Don Chatarrín” a partir de la licitación de tubos para un gasoducto clave, destinado a ampliar la capacidad exportadora de gas por vía marítima. La reacción no fue solo personal. Funcionó como mensaje político. Milei eligió a uno de los empresarios más influyentes del país para marcar una línea frente a un empresariado que, según la visión libertaria, resiste la apertura económica en defensa de privilegios construidos al calor del proteccionismo.

Nadie puede cuestionar el liderazgo de Rocca ni el recorrido de Techint. Tomó una siderurgia argentina en ruinas y la transformó en una multinacional con bandera nacional. Es, probablemente, uno de los pocos casos locales de industria pesada con escala global. Esa historia es innegable.

Lo que está en discusión es si ese rol tan determinante se edificó exclusivamente sobre un cierre férreo de fronteras, que Rocca pidió profundizar frente al avance chino, o si fue el resultado de las condiciones posibles en una economía irregular, volátil y muchas veces hostil a la inversión de largo plazo como la argentina.

El archivo agrega un dato sensible para el oficialismo: el elogio público que Rocca le dedicó a Sergio Massa por su gestión en 2022. Un error imperdonable para Milei y su tropa digital que ahora también lo acusa de conspirar para que el libertario no termine su mandato.

El Presidente puede tener razón en algo: no alcanza con invocar la industria nacional y el empleo para validar cualquier pretensión puertas adentro. Ese argumento fue usado, y abusado, durante décadas. Muchos sectores lo hicieron con destreza. La industria automotriz cordobesa es un ejemplo: experta en maximizar beneficios, aunque también víctima de un contexto donde producir es cada vez más difícil, no solo en la Argentina, sino en buena parte del mundo, con la excepción de Asia.

Pero la política tampoco puede desentenderse de las consecuencias de una competitividad crónicamente baja. Salvo el agro, que además carga con retenciones, casi ningún sector logra insertarse con solidez en el mundo. Abrir sin transición también tiene costos.

“El mal resultado es porque el Estado no se ocupo de coordinar para que un proyecto de esta naturaleza maximice las capacidades productivas nacionales. De eso se trata la política productiva también. No sale plata”, reflexiona el economista Martín Rapetti, de Equilibra, con una lógica irrefutable.

El arco Pyme, la propia cadena de valor, ha sido muchas veces golpeado por prácticas de la gran industria que limitaron su desarrollo. Pensando con honestidad, allí también hay una tarea pendiente que Rocca debe realizar.

Como la reforma laboral, este debate pone temas incómodos sobre la mesa. Será bienvenido si sirve para discutir en serio y avanzar en transformaciones de fondo que preserve la producción pero que la haga accesible para el mercado interno. No para ajustar cuentas con sicarios digitales sino para construir reglas más equilibradas y sostenibles.

También en la industria argentina, como ocurre con los dirigentes políticos, pocos empresarios resisten un archivo. Las frases, los posicionamientos y los gestos quedan. Y vuelven. A veces, en el peor momento. La polémica entre Javier Milei y Paolo Rocca lo expone. El Presidente bautizó al líder de Techint como “Don Chatarrín” a partir de Read More