La arquitectura es funcionalidad, sí; es estructura, materialidad, sostenibilidad, sí. Es orden, productividad, optimización, pero también recogimiento, hogar, refugio. Todos asociamos objetos, texturas o incluso personas a recuerdos y sensaciones concretas; la arquitectura no se queda lejos. Los espacios que habitamos —y cómo están pensados— moldean silenciosamente nuestra manera de estar en el mundo, de manera consciente o inconsciente. Esta experiencia es lo que diferencia un diseño arquitectónico de otro, y esto influye directamente en nuestras relaciones interpersonales.Juhani Pallasmaa, en su libro Los ojos de la piel, decía que el sentido más importante de la experiencia arquitectónica es nuestro sentido existencial, “el sentido integrado de la realidad y de nuestra experiencia de estar en el mundo”. Y es que resulta especialmente oportuno hablar de esta búsqueda de uno mismo en el momento actual que vivimos. Nos encontramos sumergidos en una sociedad rápida e hiperconectada, que nos mantiene a un mensaje de distancia unos de otros, pero que, paradójicamente, nunca había registrado niveles tan altos de soledad. Una sociedad que corre, que produce, que responde, pero que no sabe qué hacer con las grandes preguntas del ser humano. Rosalía lo dejaba caer en su disco ‘Lux’: “La única manera de salvarnos es con intervención divina”. Y, aunque suene exagerado, algo de verdad hay en esa intuición: la juventud empieza a expresar una sed nueva, una necesidad de respuestas más profundas, más conscientes. Bajo estas premisas surge mi decisión de indagar en lo que ocurre en un monasterio de monjas agustinas cuya regla, la Regla de San Agustín, basa su vida en tres factores vitales para este trabajo: la oración y vida interior, la comunidad y el apostolado. Tres formas de estar en el mundo que invitan a detenerse, a escucharse, a convivir buscando el silencio. Con el fin de enfocar esta reflexión, la investigación comienza estudiando la comunidad del Monasterio de la Conversión, un proyecto de arquitectura monástica contemporánea. Se estudia desde un punto de vista afectivo-emocional, con la intención de pensar cómo la arquitectura puede convertirse en un espacio propicio para que el ser humano busque respuestas a las grandes preguntas existenciales.
La arquitectura es funcionalidad, sí; es estructura, materialidad, sostenibilidad, sí. Es orden, productividad, optimización, pero también recogimiento, hogar, refugio. Todos asociamos objetos, texturas o incluso personas a recuerdos y sensaciones concretas; la arquitectura no se queda lejos. Los espacios que habitamos —y cómo están pensados— moldean silenciosamente nuestra manera de estar en el mundo, de manera consciente o inconsciente. Esta experiencia es lo que diferencia un diseño arquitectónico de otro, y esto influye directamente en nuestras relaciones interpersonales.Juhani Pallasmaa, en su libro Los ojos de la piel, decía que el sentido más importante de la experiencia arquitectónica es nuestro sentido existencial, “el sentido integrado de la realidad y de nuestra experiencia de estar en el mundo”. Y es que resulta especialmente oportuno hablar de esta búsqueda de uno mismo en el momento actual que vivimos. Nos encontramos sumergidos en una sociedad rápida e hiperconectada, que nos mantiene a un mensaje de distancia unos de otros, pero que, paradójicamente, nunca había registrado niveles tan altos de soledad. Una sociedad que corre, que produce, que responde, pero que no sabe qué hacer con las grandes preguntas del ser humano. Rosalía lo dejaba caer en su disco ‘Lux’: “La única manera de salvarnos es con intervención divina”. Y, aunque suene exagerado, algo de verdad hay en esa intuición: la juventud empieza a expresar una sed nueva, una necesidad de respuestas más profundas, más conscientes. Bajo estas premisas surge mi decisión de indagar en lo que ocurre en un monasterio de monjas agustinas cuya regla, la Regla de San Agustín, basa su vida en tres factores vitales para este trabajo: la oración y vida interior, la comunidad y el apostolado. Tres formas de estar en el mundo que invitan a detenerse, a escucharse, a convivir buscando el silencio. Con el fin de enfocar esta reflexión, la investigación comienza estudiando la comunidad del Monasterio de la Conversión, un proyecto de arquitectura monástica contemporánea. Se estudia desde un punto de vista afectivo-emocional, con la intención de pensar cómo la arquitectura puede convertirse en un espacio propicio para que el ser humano busque respuestas a las grandes preguntas existenciales. Read More


