Un nuevo dólar, una nueva tensión

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La Argentina atraviesa un momento de incertidumbre que se refleja en cada mesa empresaria y en cada grupo de WhatsApp. El programa de equilibrio fiscal, exhibido como bandera de orden macroeconómico, muestra grietas que el resultado electoral en la provincia de Buenos Aires potenció.

No es casualidad que el mercado huela esa fragilidad: un país que no puede acceder a crédito voluntario depende de sostener el ajuste, por impopular que resulte, o terminar derrapando en la inflación, como ya se vio en otras etapas de la historia reciente. La memoria colectiva sabe lo que significa perder el ancla nominal.

Hay, sin embargo, un hecho nuevo como que la suba del dólar no golpea los precios como en otras crisis. La demanda de bienes sigue deprimida y nadie quiere remarcar para vender menos de lo que ya vende. También hay un factor cultural adicional: la sociedad resiste los aumentos y no convalida cualquier intento de traslado a precios. Se percibe un cansancio frente a la inflación, que modera las expectativas.

Los vetos presidenciales que naufragaron en el Congreso generaron la sensación de que el problema es el propio Gobierno. Puede ser una ilusión óptica, ya que abandonar el ajuste podría ser peor para la economía y terminar generando el escenario que se busca evitar. La política está en un momento bisagra: cada movimiento se mide en términos de gobernabilidad y de credibilidad.
En paralelo, el alineamiento internacional suma condimentos. La escalada entre Estados Unidos y Venezuela refuerza la hipótesis de que Donald Trump no soltará a Milei en pleno experimento libertario, algo que en el mundo empresario se interpreta como respaldo geopolítico para sostener el rumbo.

El nuevo dólar surgido de esta tensión es, paradójicamente, un alivio para exportadores y sectores productivos. Su competitividad mejoró de golpe y las liquidaciones crecieron. El malestar aparece solo si se traslada a la mesa familiar. Los empresarios advierten que el límite psicológico es 1.500 pesos; de allí en más los precios deberán corregirse.

Las importaciones, mientras tanto, mostraron en agosto un aumento de 15,3% en bienes de consumo, pero el crecimiento de bienes de capital y de insumos intermedios fue aún mayor, anticipando producción futura. A veces olvidamos que la macro funciona como un sistema de vasos comunicantes: un dólar más caro –que pedían no pocos opositores– frena consumo importado, y estimula la industria local. Veremos.

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