La Argentina atraviesa una campaña electoral en la que la palabra consenso parece haber sido borrada del diccionario político. En su lugar, se impone una lógica binaria: amigos o enemigos, kirchnerismo o Milei, populismo o liberalismo. Este lenguaje, repetido con fuerza desde la cúspide del poder, es también la señal más clara de un tiempo en el que la política ha elegido el grito como método.
El presidente Javier Milei ha hecho de la confrontación su marca registrada. Sus declaraciones, en las que acusa al Congreso de estar “secuestrado” por el kirchnerismo y a la oposición de “sabotear el futuro”, buscan no solo polarizar, sino también construir un relato en el que toda crítica se transforma en amenaza existencial. El discurso oficial convierte el debate democrático en una batalla por la supervivencia.
El gabinete acompaña esta estrategia. Guillermo Francos reprocha a la oposición aprobar leyes sin medir el impacto fiscal, mientras Luis Caputo interpreta cada objeción como un intento de desestabilización. La consecuencia es un cerrojo político: el Gobierno declara que no modificará “ni un ápice” su plan económico.
Paradójicamente, se celebra la desaceleración inflacionaria pero persiste una deuda en la otra parte del compromiso asumido por Milei: la recuperación del poder adquisitivo y la generación de empleo genuino, algo, esto último, que también le cabe a la oposición con la generación de leyes afines.
La estabilidad macroeconómica sin bienestar ciudadano es un terreno fértil para la frustración. Allí, donde la economía aún no se traduce en alivio cotidiano, el discurso de la confrontación encuentra eco en la desconfianza social.
¿Puede un país construir futuro desde la negación sistemática del otro? ¿Puede un proyecto económico consolidarse si no incluye la escucha y el reconocimiento de las distintas voces de la sociedad?
El verdadero desafío no será solo ganar elecciones ni acumular reservas, sino tender puentes, algo que parece ilusorio. El costo de la polarización es siempre más alto de lo que parece: erosiona la confianza, debilita instituciones y posterga la posibilidad de un desarrollo inclusivo. Posterga dramáticamente la mejora de las condiciones de vida de las personas y de las generaciones que vienen.
En definitiva, lo que está en juego no es únicamente un modelo económico, sino la capacidad de la política argentina de reencontrar el diálogo como herramienta central. Sin él, toda promesa de futuro corre el riesgo de naufragar en la tormenta del presente.
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